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Desde el Centro de Control
A 25.000 años luz de la Tierra, en nuestra propia galaxia Vía Láctea, dos estrellas se encuentran trabadas en una danza de la muerte. Acercándose lentamente una a la otra mientras dan vertiginosas vueltas en sus órbitas, sus densas masas hechas de neutrones generan una atracción fatal, que dentro de unos pocos cientos de millones de años, culminará en un choque inevitable.
Los astros tienen la misma cantidad de materia que el Sol, pero en lugar de medir los 1.4 millones de kilómetros de ancho que tiene nuestra estrella, su masa está condensada dentro de unos meros 20 kilómetros. Sus polos, cuyo eje de rotación está inclinado hacia un lado, emiten intensos campos magnéticos. Muy cerca de éstos se producen ondas de radio en haces estrechos, que como faros celestiales envían pulsos rítmicos 17 veces por segundo, cada vez que transitan a través de la Tierra.
Sentados ante las computadoras del centro de control del Observatorio de Arecibo, en el noroeste de Puerto Rico (hasta ahora el radiotelescopio en funcionamiento más grande y potente del planeta), astrónomos de varias nacionalidades siguen los desplantes de estas rebeldes estrellas llamadas púlsares, y la precisión matemática de sus giros.
Cada vez que Arecibo descubre un nuevo púlsar latiendo en el universo -y ha descubierto varios- el ambiente se electriza, como sucediera en 1974 cuando Russell Hulse y Joseph Taylor detectaran a PSR1913+16, el primer púlsar binario del cual se tuvo noticia en astronomía, por el cual ambos científicos ganaron el Premio Nóbel de Física en 1993.
Es una lluviosa tarde de verano cuando Reinaldo Vélez, jefe de operaciones del radiotelescopio, me invita a compartir unas horas con su equipo de técnicos en la sala de control donde Jodie Foster escuchó la llamada de E.T. en la película Contact, basada en el libro de Carl Sagan, y donde Pierce Brosnan persiguió a los bandidos en Golden Eye.
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